Estoy sentado en mi gimnasio, descansando después de una serie. Me paso el dedo índice por el dorso de la mano izquierda y noto un dolor leve.
Repaso mentalmente lo que acabo de hacer y nada ha podido provocarme esa molestia.
“Me habré dado un golpe sin darme cuenta”, pienso.
Al día siguiente estoy actuando en un cole. Acabo de mostrar una cesta de mimbre en la que digo que dentro está el animal más peligroso, rápido y letal que existe sobre la faz de la Tierra.
Pido un voluntario que sea valiente.
Alguien que no tenga miedo a morir.
Alguien que viva al límite.
Una niña de 8 años levanta la mano decidida. Sale al escenario y se presenta.
Después de explicarle su misión y de que casi me muerda lo que hay en la cesta, le pregunto si está asustada.
“Un poco”, me dice.
“Mírame a los ojos”, le digo; “voy a hipnotizarte para que no tengas miedo”.
“Duerme, duerme, duerme. ¿Estás dormida?”.
“No”, contesta.
“Mírame fijamente a los ojos”.
“Duerme, duerme, duerme. ¿Estás dormida?”.
“No”, me vuelve a decir.
“¡Duerme!”.
Y hago como que le doy un golpe en la cabeza con el micrófono. Se oyen unas risas enormes.
En ese momento noto un dolor en el dorso de la mano izquierda. Tengo la mano apoyada sobre su cabeza para que parezca que el golpe se lo doy a ella, pero el golpe me lo doy yo.
Ahora ya sé de dónde viene el moratón.

