Suena el despertador, son las 5:45. Me levanto sin sueño, bastante despejado. Cojo mi bata y bajo.
Está Carol durmiendo en el sofá del salón, porque ayer operaron a Neska, nuestra perra, y hoy la hemos dejado dormir en casa.
Enciendo el hervidor y me preparo un té verde. Me siento a leer un rato. Hoy tenemos que salir a las 7:15. Actuamos en un cole de Coslada.
Vamos por unas calles de Rivas y apenas tenemos tráfico, pero tardamos casi una hora en llegar.
Nos recibe el conserje, Jorge. Tiene una sonrisa amable y un brillo muy vivo en los ojos.
La última vez que vinimos a este cole fue hace unos ocho o nueve años.
Actuamos en la clase de música, en el primer piso.
No hay ascensor.
«Yo os ayudaría», nos dice Jorge, llevándose la mano a las lumbares, «pero tengo la espalda mal y no quiero fastidiarme. Que además me jubilo en 6 días». Nos cuenta que tiene ya billetes comprados para dentro de 10 días. Se va con su mujer a la playa.
En la clase está Isabel, la profe de música, tocando el piano.
Con una gran sonrisa nos cuenta que es una apasionada de la cultura. Hablamos un rato de la importancia de la música, el teatro y el baile en la educación de los niños. Cómo les ayuda a expresarse, a conocer su cuerpo, a moverse.
Le comentamos el caso de un colegio en el que estuvimos, que tiene, desde infantil, una hora diaria de música y danza.
Se le iluminan los ojos al contarnos cómo tuvo la idea de crear un coro en el cole. Lo hizo con miedo, porque ensayan en la hora del recreo. Pero se le han apuntado 60 alumnos de primaria.
Mientras estamos preparando el escenario, viene Ana, la directora, a presentarse. Nos pregunta si está todo bien y a nuestro gusto. Alex y yo nos miramos sorprendidos. No es habitual que venga la directora a saludar.
El primer pase es para los de 3 y 4 años. A la hora de sacar al primer voluntario, dos me dicen que no... si llegan a ser tres, me habría costado mucho arrancar. A esa edad se contagian los comportamientos.
De repente veo una niña con la cara sonriente y la mano levantada. Se acerca lentamente al escenario, la saludo, pero veo duda en sus ojos.
La oigo que dice muy bajito: «Me da miedo». Le pregunto si quiere volver a su sitio, me dice que sí. La despido con un aplauso de sus compañeros.
Consigo otro voluntario y, mientras, veo que se ha ido con su profe, que la abraza y le dice que no pasa nada.
El pase es genial. Normalmente bajo la intensidad y la emoción un poco con los más pequeños, si me paso, se pueden asustar.
Cuando se van, Carla, de tres años, me mira y me dice con seguridad: «Mañana nos vemos».
Yo es que no puedo con esos comentarios, me comería a todos.
Después del segundo pase, Andrés, el profe que nos contrató hace nueve años, nos dice que si queremos podemos bajar a tomar un café.
En el comedor hay varios profesores, y tienen bebida de soja para el café. Alex me mira y me sonríe.
Después de tomar un par de mandarinas, subimos para hacer el tercer y último pase del día.
Andrés, que ha visto los dos primeros pases, nos cuenta que las profes y los niños están muy contentos, que le están llegando comentarios muy buenos.
«Se nota que sois niñeros», nos dice.
Además, nos comenta que han coincidido todos en que les hemos causado mejor impresión que otras personas que han ido al cole en años anteriores.
Nos vamos en la furgoneta recordando cosas que nos han dicho los pequeños.
Hoy he retrasado el despertador a las 6:30.
Como volvemos al mismo cole, podemos llegar más tarde. Tenemos ya todo preparado.
La puerta de carruajes estaba abierta, Jorge se ha acordado de nosotros.
Al bajar del coche y entrar en el cole, me siento físicamente cansado. Además, ayer entrené y noto las piernas un poco cargadas. Se lo comento a Alex.
Saludamos a Jorge y nos dice que podemos subir al aula de música.
Charlamos otro rato con Isabel.
Unos minutos antes de empezar me he dado cuenta de que se me ha olvidado el traje en la furgo, así que he bajado y en el patio estaban algunos niños de infantil.
«Hola, mago», me han dicho.
Según iba al coche oía:
«Mira, es el mago».
«Se va».
«Sí, se va el mago».
«¿A dónde se va?».
Al coger el traje y volver de nuevo por el patio a la puerta del cole les oía:
«Ahora viene».
«Sí, mira, viene otra vez».
«No se va».
Y veo que salen todos corriendo a buscarme. Después de unos cuantos abrazos y saludos, he podido llegar otra vez al aula de música.
En ese momento ya no me acordaba de que estaba cansado.
En uno de los juegos, un niño de 8 años se ha desmayado. No se podía creer lo que estaba viendo. Al principio pensé que estaba dormido, o que se había tumbado para estar más cómodo. Luego me he dado cuenta de que, cuando el efecto de magia se repetía, él se volvía a desmayar. Pero lo que me ha matado es que veo que su compañera saca un ventilador de plástico a pilas y se lo pone en la cara para reanimarle.
Se lo he explicado a Alex con gestos y se moría de risa. Andrés, que estaba también en el show, creo que no lo ha visto bien.
Martín, de cuarto de primaria, me ha preguntado si me podía hacer un juego con cartas. Una compañera que estaba con él le ha dicho: «Martín, seguramente que te lo va a pillar». No le ha salido bien, pero le he pedido que me lo repita. Le he dicho que lo importante es atreverse a hacer la magia a los demás y practicar. Que todos hemos empezado haciendo juegos que nos salen mal.
A la segunda le ha salido bien. Como teníamos tiempo antes del tercer pase, le enseñé otro juego con cartas y se fue encantado a hacérselo a sus compañeros.
Hoy en el comedor no me lo podía creer, ¡había pan integral! Me cogí un par de rebanadas con un poco de queso, aceite y sal. Eso y una mandarina me han hecho aún más feliz la mañana. Bueno, y la bebida de soja también 🙂
El tercer pase con los de quinto y sexto casi no lo podemos empezar. El primer voluntario que he sacado no podía hablar de la risa. Cada vez que intentaba decir algo se partía. Pero es que me ha pasado lo mismo con una niña que he sacado después para otro juego. No podía más.
Y esa risa se contagia.
Me han recordado a los niños de quinto y sexto de hace unos años. Esos niños que disfrutan con la magia, que tienen ilusión y están locos por participar. Niños que son niños y vienen a pasárselo bien.
Me han dicho casi de todo estos días, desde: «¿Cómo has aprendido a hacer esas cosas?», pasando por «me ha encantado» y «ha sido un día genial».
Se nos ha pasado el tiempo volando. Jorge ha salido a abrirnos la puerta y le hemos deseado que le vaya muy bien en su nueva vida. «Ojalá disfrute muchos años de buena salud», me dice Alex mientras nos vamos.
Es verdad que después de comer he cerrado los ojos y he notado el cansancio de la semana. Ahora sí, pero he dormido una siesta muy feliz.

