Todo el mundo me mira.
La clase se queda completamente en silencio y, al instante, estallan unas carcajadas enormes.
Yo sonrío rebelde, orgulloso por haber hecho reír a todos.
Pero lo que he dicho es verdad.
El profe de literatura de 8º de EGB me mira serio; a él no le ha hecho gracia.
Cuando las más de 40 risas se van aplacando, dice: «Claro, porque quién es Juan Ramón Jiménez... es que Juan Ramón Jiménez no era nadie...».
No entiendo muy bien el tono ni lo que dice, pero pienso: ¿si no quieres mi opinión, por qué me la pides?
Acabo de decir que la obra de Platero y yo no me ha gustado nada, que me ha parecido un rollazo y que no se la recomendaría a nadie.
Hoy, unos 36 años después, me doy cuenta de que estoy jugando.
Estoy en una sala diáfana, hablando con un niño en un pequeño escenario.
Le acabo de echar gel en las manos y le digo que siga mis gestos: primero se frota las manos por las palmas, luego el dorso, después el brazo y, finalmente, hacemos como que nos estamos enjabonando el sobaco.
Tengo enfrente a más de 100 niños y niñas muertos de risa.
Veo que los profes al fondo, esta vez sí se ríen.
Soy el payaso de la clase.


