"¿De quién es el pan que hay en la tostadora?", dice Alex sacando una rebanada de trigo sarraceno.
"Mía", digo yo, "debe ser del mediodía, que me la dejé ahí".
"Papá, creo que te has dejado el pan en la tostadora", me dice Lola, que se está preparando la cena. "Sí, debe ser mío del mediodía", le contesto.
"¿Es tuyo el pan de la tostadora?", me dice Alex. "Sí, pero ya he terminado de comer. Lo guardo para la noche".
Ya no me dejo el pan en la tostadora.
Se ha roto.
Ahora tengo una que me dio mi madre y es de las que calienta a la vista. Parece un radiador enfadado. Cuando la enchufas se pone roja y no para a menos que la desenchufes.
Tarda más del doble en calentar el pan, me he quemado varias veces al cogerla y no tiene temporizador.
Pero ya no se me olvida el pan, porque lo veo. Esta tostadora no te deja olvidarte de ella. Desprende mucho calor, es casi imposible ignorarla, y si se me olvida, el humo me dice que algo se está quemando...
Hasta hace unos meses yo pensaba que esto era uno más de mis despistes. Cuando me diagnosticaron TDAH entendí que no era casualidad que me pasara tanto. En cuanto dejaba de ver el pan, era como si desapareciera.
Odio esta tostadora.
Es fea, lenta y te obliga a estar pendiente.
Pero ya no se me olvida el pan.
Quiero una como la de antes.