Es por la tarde. Estoy en mi cuarto. La lámpara del escritorio está encendida porque tengo apuntes sobre la mesa. No los he mirado en toda la tarde.
Entra mi padre. No suelo expresar mis sentimientos, menos a mis padres. Tengo 16 años.
Pero hoy estoy algo nervioso. Le quiero decir que no quiero seguir estudiando. Quiero explicarle que ir al colegio, para mí, es un sufrimiento; es algo físico.
Hace tiempo que compito en carreras de coches teledirigidos a gasolina. Los conozco desde las tripas porque los he desmontado mil veces. Sé cómo funcionan y me gusta mucho. Quiero hacer mecánica.
Así que se lo digo:
—Papá, no quiero estudiar más. Me gustaría hacer mecánica.
Me mira fijamente y pone una sonrisa que no sé interpretar.
—Manu —dice—. Tú puedes hacer una carrera. Tienes capacidad y eres inteligente.
Se queda mirándome, como esperando que yo también lo vea claro.
—Una carrera te abre puertas. Siempre tendrás tiempo de hacer otras cosas después.
Habla despacio, con calma, como si estuviera intentando convencerme de algo que para él es evidente.
Yo miro los apuntes encima de la mesa.
No digo nada.
—Solo tienes que esforzarte un poco más —añade.
Es lo mismo que llevo oyendo de mis profesores toda la vida.
Cuando se levanta para salir de la habitación ya sé que no voy a conseguir lo que quería.
Mi padre es muy persuasivo.
Siento que no me comprende. Ni yo mismo me entiendo. Tengo 16 años.
Treinta años después estoy en la cocina con Alex.
Me dice:
—Manu, ¿de qué te sirvió a ti que te insistieran tanto?
Sin darme cuenta, estoy insistiendo a Lola para que después de bachillerato vaya a la universidad.
—Se siente muy presionada y no quiere decepcionarte —concluye.
Abro los ojos y respiro profundo.
Subo las escaleras despacio.
Llamo a la puerta.
—Sí.
Está sentada en la mesa, rodeada de apuntes. Levanta la cabeza cuando entro.
—¿Qué tal vas?
—Bien.
Asiento. Me quedo un momento parado delante de ella.
—Oye… —digo—. Sobre lo de la universidad.
Deja el bolígrafo.
—No quiero que sientas que tienes que hacerlo por mí.
Me mira en silencio.
—Es tu vida.
Parpadea varias veces seguidas. Ese tic que tiene cuando algo le importa.
Sonríe.
—Vale.
Me acerco y le doy un beso en la cabeza.
—Te quiero, papá —dice.
Estoy a punto de cerrar la puerta y creo que siento lo mismo que debió sentir mi padre al salir de mi cuarto.